Parte de lo desarrollado en este documento está basado en más de 15 años de trabajo como profesional en el abordaje de las adicciones en comunidades terapéuticas. No pretende ser una verdad absoluta, es más la visión que voy teniendo a lo largo de estos 15 años de experiencia clínica.

Me gusta usar analogías para que a través de los símbolos se pueda entender esta construcción de un marco más amplio en el abordaje de las adicciones, y la analogía que puedo usar es la del rompecabezas. En todos estos años desde mis inicios como terapeuta me fui dando cuenta que la adicción puede llegar a ser multifactorial. No me voy a detener en esto, hay mucho material en la web en la que se puede encontrar mucha información al respecto, pero se fue develando cada vez con más claridad cada pieza de un rompecabezas que tenía cada vez más sentido y se repetía en la mayoría de los casos a los que atendí, y es el vínculo madre-hijo en la adicción. Decidí entonces elaborar todo un abordaje cada vez más preciso y poner mucha más atención a este elemento, que es abordado muy poco en los trabajos de investigación, los cuales están más enfocados en la codependencia entre madre e hijo.

Lo que pretendo de manera muy breve es ampliar esta visión, que a mi parecer tiene unas raíces mucho más profundas. Con la toma de plantas maestras en un contexto ritualizado se puede llegar a esas profundidades (Mabit, 2020). Desde esta experiencia clínica y este rompecabezas que he ido construyendo, he visto cada vez más que el paciente en adicción que trabaja a fondo este tema, tiene mucha más probabilidad de no recaer. No puede haber un desarrollo de lo masculino sano y de la fuerza interior, si no se suelta a la madre. La vida los va a golpear muchas veces, pero si se desarrolla una fuerza masculina, la pueden atravesar sin recaer. El que no suelta a la madre no desarrolla esa fuerza y recae, incluso muchos años después de haber dejado de consumir.

En el tratamiento de las adicciones, solemos enfocarnos principalmente en el consumo de sustancias y sus consecuencias inmediatas; sin embargo, la experiencia clínica especialmente con pacientes varones muestra que, detrás de muchas historias de dependencia, existe un lazo familiar profundo que condiciona el proceso de recuperación. En particular, el vínculo madre-hijo ocupa un lugar central en la dinámica adictiva y, a menudo, representa tanto el origen del problema como la clave de su superación.

Triángulo Padre-Madre e Hijo

Para iniciar, quiero profundizar junto a Manuel Barroso (1998), un autor consultado que refleja el tema del elemento triangular, en su libro “Autoestima, ecología o catástrofe”. En el capítulo 3 hace énfasis en la familia como base esencial del desarrollo del ser humano. Dice en la página 336; "No podemos estudiar al individuo en su dimensión exacta a no ser a través de su estructura triangular: papá-mamá-hijo/hija. El mundo de sensaciones, percepciones, sentimientos, emociones, reflejos y aprendizajes que implica ser tal persona, se inicia en la familia".

Barroso delimita la estructura familiar usando la figura del triángulo para expresar la fuerza y unidad que tiene la familia en una persona, en especial el padre y la madre. Y continúa diciendo en la página 337: "La familia ejerce sobre el individuo un impacto definitivo, mayor que cualquier otra institución o grupo social. La familia se convierte en la experiencia más importante en la vida del hombre, cualitativamente diferente a cualquier otra experiencia, es una experiencia biológica, no por afiliación o simpatías políticas e ideológicas, sino por atracción y contacto de espermatozoides y óvulos, por la energía. El nacer es una experiencia de familia, como lo debería ser el crecer y el morir”. Cuando expresa que la familia ejerce un impacto definitivo sobre el individuo, es un hecho indiscutible.

Sigamos desgranando lo que el autor quiere decir con la estructura triangular. Dice que, en una familia, "un triángulo será efectivo cuando, además de estar bien estructurado, cumpla con sus funciones. Todos los integrantes del sistema quedan incluidos, se sienten cómodos en la relación, cada quien, ubicado en su posición cronológica e histórica, cada quien identificándose con sus modelos y con la libertad de expresar sus diferencias y sintiéndose capaz de establecer contactos fuera del triángulo. En un grupo efectivo, todos quedan incluidos y todos quedan separados. El mecanismo de acercamiento y separación funciona simultáneamente" (Barroso, 1998, 338). Esto quiere decir que, para que sea efectivo, en un lado del triángulo tiene que estar papá, en otro, mamá, y en el otro el hijo o la hija. Dentro de esa estructura se desarrollará todo el crecimiento del niño y los vínculos que éste hace con sus padres. Esto quiere decir que, cuando falta un integrante del triángulo, esto no es efectivo para el desarrollo del niño. Esto me hace pensar en la mayoría de las familias donde el padre es el ausente, algo que sucede también en la mayoría de mis pacientes. Es de esperarse entonces que al faltar un integrante de ese triángulo el niño aprenda a vincularse con otros de manera inefectiva.

Sigamos viendo cómo Barroso describe que en esta estructura los triángulos están conformados por vínculos. Nos dice en la página 340: "Vínculo es algo que une. Vínculo es la unión entre las partes del triángulo. Es una unión biológica, orgánica, de contacto, de afecto, de cariño, de ternura, sentirse amado y respetado, apreciado y aceptado. Es interés por el otro, mirarlo, tocarlo, escucharlo, olerlo, sentirlo, gustarlo. Los gestos, tonos de voz, movimientos, miradas, las manos, todo es expresión del vínculo y todo es importante para expresar la relación vincular". Es entonces en este triángulo donde el niño aprende a vincularse desde papá y mamá hacía los otros. Que importante es esta estructura para el futuro hombre o mujer: es decir, de la misma manera cómo se vinculó con los padres en ese triángulo, se vinculará con las otras personas.

Llama la atención como el autor dice que el vínculo es la unión entre las partes del triángulo, y habla de afecto, de ternura, de sentirse amado, sin embargo, no siempre es así: muchas veces el vínculo que une las partes del triángulo está cargado de desamor, abandono, rechazo. Cuántas familias viviendo juntos durante años, padre, madre e hijo viviendo en unas dinámicas de muerte, y es desde esos vínculos que la persona después quiere vincularse con otros. No siempre el vínculo es amoroso, sin embargo, no quiere decir que no existan vínculos en este tipo de familia donde la característica principal no es precisamente el amor. Yo le llamaría vínculos tóxicos que permanecen unidos y hacen un gran daño a muchos niños.

Sigamos viendo cómo Barroso hace referencia a cuatro procesos fundamentales en esta estructura triangular; arraigo, identificación, relación y socialización.

Iniciemos con el arraigo. Para el autor, "Arraigo son las raíces, el estar en la realidad, la fijación a la tierra, lo histórico, la sensación de pertenencia a un sistema. El arraigo es la experiencia de estar vinculado a personas importantes: padre y madre con quienes existen nexos biológicos y afectivos que unen, sin la posibilidad de desentenderse unos de otros. En el arraigo hay seguridad, confianza, apoyo y lealtad, lo que se da y lo que se espera". Partiendo de lo que dice Barroso, las raíces del niño son papá y mamá. Usemos la analogía del árbol para describir este hecho. Si un árbol tiene raíces poco profundas o débiles, es fácil que con un viento fuerte pueda caerse. Si en un individuo las raíces, que son sus padres, estuvieron ausentes o presentes pero deficientes, cuando éste quiera enfrentar situaciones difíciles de su vida no tendrá las herramientas para pararse firme y dar soluciones a lo que se le presente, ya que son sus padres los que le debieron dar seguridad y confianza, como dice el autor.

En la página 342, Barroso explica muy bien qué pasa cuando los triángulos se rompen y cómo ocurre el desarraigo del niño: “Sobreviene en el niño un desprendimiento interno de relaciones importantes, además de la sensación de pérdida y de dolor, de confusión, de faltarle algo importante, de fragmentársele su realidad propia. El niño se desubica, perdiendo contacto con su experiencia primaria. La des-triangulación desarraiga, desconecta y fragmenta al individuo. El niño queda sin energía, sin dirección, sin contacto, sin autoestima, manteniéndose fuera de contexto, aturdiendo y confundiéndose sin mayores alternativas". Dichos desarraigos pueden darse en enfermedades largas o muerte de alguno de los padres, o separaciones o divorcios. Cuántos pacientes llegan a nuestro consultorio con todas estas características: con sensación de pérdida, confundidos, desubicados, sin poder hacer contacto con otros.

Dice Barroso en la página 243: "Otro proceso importante es el de la identificación, saber ¿quién soy?, ¿cuál es mi identidad como persona?, y por otro lado saber quién soy en cuanto a mi propia definición sexual: ¿hombre o mujer? Los padres son dentro del triángulo los modelos naturales y le proporcionan al niño además de un nombre todo un cúmulo de información con respecto a sí mismo y a todo cuanto lo rodea.... dentro del triángulo, el niño recibe miles de piezas de información acerca de sí mismo, de su familia, de la vida, de infinidad de tópicos que van configurando los mapas que él va a utilizar durante toda su vida, como su verdad y su manera de ver las cosas. Detrás del triángulo que es la base de la seguridad del niño, se ven cosas, se oyen, se sienten, se huelen y se saborean todas, y todas se conforman en mapas que tienen un valor de verdad absoluta para él". Según esto, los padres son, en cuanto a la Relación, los primeros experimentos y ensayos de relaciones simétricas o complementarias que, dependiendo del sistema relacional de la familia asentado por la pareja, se harán dentro del contexto triangular. Así, los hijos hacen contacto con los padres, aprenden a relacionarse con ellos, como persona-individuo, única, exclusiva con su ser propio y su contexto propio. Este aprendizaje dependerá mucho de lo que el niño vea y copie.

Por último, la Socialización es transferir esos aprendizajes hacia afuera e interaccionar con el resto del mundo, tanto con personas cercanas como lejanas, con los familiares y los no familiares. El niño transfiere sus aprendizajes a otros contextos y aprende a establecer límites efectivos para mantener su identidad como individuo y su contexto personal. Aprende cuándo ser abierto y cuando cerrarse, cuándo ser espontáneo y cuando ser rígido, cuando ser dulce y cuando ser duro, cuando ser tierno y cuándo ser agresivo.

La des-triangulación y el triángulo dramático madre-hijo, más allá de la codependencia

Pero, ¿qué pasa, en el caso de los pacientes en adicción, si en ese triángulo se sale papá, o está presente pero emocionalmente no accede al hijo?

Vinculo madre-hijo

Es entonces como dice Barroso donde se crea una des-triangulación y se desarrolla otro triángulo, donde sólo está la madre. ¿Qué tipo de vínculos se crean con el hijo? El que mejor puede ayudarnos a ver el tipo de vínculos que se crean con la madre de un hijo adicto en esta nueva triangulación, es el triángulo dramático de Karpman. El triángulo dramático de Karpman es un modelo psicológico y social de la interacción humana en el análisis transaccional, descrito por primera vez por Stephen Karpman, en su artículo de 1968 titulado "Fairy Tales and Script Drama Analysis" (Karpman, 1968).

Vinculo madre-hijo

No me quiero detener en explicar todos los elementos que implica este triángulo. Se pueden ver con mucha más claridad en la página web del autor. En la imagen se observa con claridad cuáles son las funciones de cada rol. En el adicto, al faltar la función paterna y, por lo tanto, la energía masculina, el paciente sólo se va a relacionar con la energía femenina donde mamá es la salvadora, la perseguidora y por lo tanto la controladora de la víctima, en este caso del paciente en adicción. En mi quehacer terapéutico coloco en cada parte del triángulo tres C:

Vinculo madre-hijo

El adicto es el enfermo que hay que curar, y la madre quiere curarlo para salvarlo. Por eso lo controla, lo busca donde sea, le paga todo, y después se queja de que ella es víctima de su hijo. El rol de la víctima se invierte. Es una dinámica sumamente tóxica y algunas madres la describen como un hoyo en el que van cayendo los dos.

El simbolismo del cordón umbilical

A continuación, usando de nuevo el simbolismo de la analogía, se puede ver, a través de un video, como se va desarrollando este vínculo cuando un padre o figura paterna no está presente y así comprender lo que puede ocurrir. En el video el elemento que siempre aparece es el hilo: cuando el niño nace la madre le pide al doctor que no corte el cordón umbilical y así se va desarrollando un vínculo que se mantiene a lo largo de toda la vida, en oposición a lo que Barroso señala como los cuatro procesos fundamentales de una estructura triangular sana: arraigo, identificación, relación y socialización.

En el video, se puede ver que el hijo no puede desarrollar estos procesos, ni la madre puede desarrollarse como mujer, en los hábitos de trabajo y pareja. A lo largo de todo el video continúan con estas dinámicas hasta que muere la madre, se corta el cordón y aparece el llanto de este hombre que es como un niño: él no sabe qué hacer, se golpea con la pared y termina llorando como un bebé. Es precisamente esto lo qué pasa con la persona adicta, al vivir triangulada con su madre, no puede tener arraigo en su vida, no termina una carrera, no mantiene un trabajo, no mantiene una relación de pareja, su identidad no se ha desarrollado; es un bebé con mamá, por lo tanto, la manera en cómo se relaciona y socializa con el mundo es la de un niño, no logrando desarrollar ninguna de las funciones masculinas. Entonces, ¿qué le queda? Inconscientemente no sabe cómo salir de ese triángulo, busca hacerlo a través del consumo. Muchos de nuestros pacientes varones adictos odian y rechazan al padre, se rebelan contra el padre o cualquier figura de autoridad. Con la madre se rebelan de otra manera queriendo cortar ese cordón, pero siempre la buscan para que los salve. Son las madres en su mayoría las que buscan tratamientos para sus hijos varones, los llevan a las comunidades terapéuticas.

Desde la práctica terapéutica, se observa que en más del 90% de los casos de adicción existe un cordón invisible que mantiene al hijo unido emocional y psíquicamente a la madre. Este lazo, que debería haber permitido autonomía y maduración, se transforma en una dependencia tóxica, perpetuando así un círculo vicioso que impide el desarrollo de ambos. Ejemplos clínicos abundan: madres que compran droga para sus hijos para evitarles riesgos mayores, que limpian sus instrumentos de consumo o que mantienen económicamente a adultos incapaces de sostenerse por sí mismo, manteniendo hasta los hijos de éstos. En una oportunidad una madre me comentó que construyó dos habitaciones atrás de su casa, para que sus dos hijos heroinómanos se drogaran y llevaran a sus mujeres allí.

Otro elemento de esta dinámica, en la opinión del Dr. Jacques Mabit, es el incesto disfrazado; es que en algunos casos el chico absorbido en la madre no la puede "ver" en su realidad de ser humano con sus limitaciones y defectos. Siendo el rey, describe a su madre como una diosa, un ángel, una Virgen, un hada. A la vez no soporta este encarcelamiento (aún en una prisión dorada) pero no se puede permitir dañar la imagen idealizada de la diosa-madre y proyecta la "madre-mujer negativa" en las otras mujeres, pudiendo reflejar que detrás de todo ello se perfilan relaciones incestuosas madre-hijo, aunque sin actos sexuales, entonces la adicción es una especie de incesto disfrazado. Basta mirar cómo algunos pacientes han dormido con la madre (o entre los padres) hasta la adolescencia, o el caso de una madre que ayudaba a su hijo hasta sus 20 años a limpiarle la espalda en la bañera "porque no podía alcanzar su espalda".

Aunque estas conductas pueden surgir del amor, del miedo y de una profunda culpa, en la práctica refuerzan la dependencia y retrasan la posibilidad de una verdadera recuperación. También, en algunas situaciones, se puede observar que este tipo de vínculo se desarrolla con el padre, pero es un porcentaje mínimo. De igual manera esto puede suceder con la pareja: ellos sueltan a mamá, pero toman otra “madre” en su pareja.

El Triángulo de la Madre con su propio padre y madre

Pero, ¿de dónde aprendió la madre este patrón? Desde mi experiencia clínica, puede haber varios escenarios. Muchas de estas madres provienen de familias marcadas por adicciones o enfermedades graves, donde desde niñas aprendieron a “salvar” y hacerse cargo de otros. Otras mujeres provienen de un padre alcohólico, y en su propio triángulo ellas fueron las salvadoras de esa familia, teniendo un tema profundo a trabajar con su propio padre. De allí se genera que repitan inconscientemente con sus hijos lo que vivieron con sus propios padres. Muchas de ellas se casan o tienen parejas parecidas a su propio padre, llegando a ser parejas rígidas, duras y otras alcohólicas. El resultado es que, su propio hijo y a través de la enfermedad de la adicción, vive algo que su madre no ha reparado con su propio padre y con su propio triángulo. Tal vez esto suene fuerte, pero considero que es la mamá la que tiene la adicción no procesada y su hijo es quien padece el síntoma.

En ciertos casos, la problemática de la madre con su propio padre se ilustra también en su relación con el esposo. Si no funciona la dinámica de pareja, la mujer está en carencia de afecto, amor, y le es fácil (técnicamente) buscar una compensación con su hijo que está cerca y dependiente de ella. Lo ubica entonces en una posición de pareja, confidente, de nutriente emocional fiel y disponible de manera permanente. Cuántos dicen que "se tienen mucha confianza", que se cuentan todo (hasta madres contando sus aventuras sexuales), que el hijo "protege a su madre" (del padre) o la madre fomenta la intimidad con su hijo al decirle "no le digas a tu padre, ya sabes cómo es él...".

Para que este triángulo con el hijo adicto se rompa, es de vital importancia que las madres exploren y elaboren su propio trauma con su propio padre. Lamentablemente muy pocas madres acceden a llegar a esa profundidad del proceso. Les cuesta verse a sí mismas, por eso es más fácil mirar al hijo, buscar al hijo, salvar al hijo, porque es muy doloroso para ellas ir a lo profundo de sí mismas y hacer un buen trabajo terapéutico.

Es importante aclarar que no es culpa de la madre que su hijo consuma drogas. Él, queriendo cortar ese vínculo, eligió el consumo de drogas. Esta dinámica es más como un caldo de cultivo donde muy fácilmente se puede desarrollar una adicción. Por otro lado, esto tampoco quiere decir que el padre no tenga algo que trabajar en la problemática de la adicción, algunas veces el padre actúa como una segunda madre, estableciendo una relación de "amigo" o cómplice pasivo con su hijo. Este tiene entonces a dos madres, pero este es otro tema a desarrollar.

Me estoy enfocando en el tema de la madre, porque según mi experiencia clínica este punto es medular para la sanación del paciente con adicciones y es lo que más he visto a lo largo de estos 15 años de trabajo. En la mayoría de los casos, si se sana la madre, se sana el hijo. No es al revés. Hay hijos que han podido cortar el cordón y las madres les siguen buscando, queriendo darles cosas. Recuerdo el caso de la pareja de un chico adicto. Al salir del tratamiento, él logró cortar el vínculo que tenía con su pareja con estas características. En respuesta a eso, ella me dijo: “Ese que salió de tratamiento no es mi esposo, es otra persona, yo quiero a mi esposo sin el consumo”. A lo largo del proceso con ese paciente, ella siguió queriendo salvarlo y controlarlo. Al ver que no pudo hacer cambios en la relación de pareja, o en la manera en que se vinculaba con ella, este paciente se separó. Meses después esta misma mujer estaba en una nueva relación con un alcohólico. Qué quiere decir esto: que estas mujeres inconscientemente necesitan buscar a un hombre a quien salvar, porque en el fondo no son capaces de verse a sí mismas, ya que el proceso es muy doloroso. Es más fácil mirar afuera que mirar hacia dentro. Realmente ¿a quién necesitan salvar? A sus propias niñas heridas, a ese profundo dolor emocional que no han sido capaces de tocar e inconscientemente lo relegan al hijo.

Romper el triángulo dramático para la curación: un caso clínico a partir de la experiencia de Takiwasi con el uso de plantas medicinales

Un caso clínico en el Centro Takiwasi ilustra este proceso. Un paciente de más de treinta años de edad, con consumo de cocaína, múltiples internamientos y sin autonomía personal, logró reconocer durante su proceso terapéutico que su adicción estaba directamente vinculada a su madre: ella decidía por él, lo mantenía y hasta le compraba la ropa. A través del uso de plantas medicinales y acompañamiento psicoterapéutico, el paciente visualizó este vínculo, lo confrontó y finalmente pudo “vomitar” simbólicamente a su madre durante una sesión de ayahuasca. Ese acto representó la liberación de la dependencia y el inicio de su autonomía. Hoy lleva una vida sobria y con proyecto propio. Veamos a través de sus dibujos lo que él fue explorando a través de la toma de plantas, sesiones de ayahuasca, retiros-dietas en la selva, terapia personal y en grupos terapéuticos. En Takiwasi, después de cada toma de ayahuasca los pacientes llenan un protocolo donde plasman por escrito su experiencia y luego hacen un dibujo que resume su experiencia, y eso se va guardando en nuestra base de datos clínicos (Saucedo et al., 2018). A continuación, presentamos sólo los dibujos esenciales, ya que existe mucho material para poder revisar.

Vinculo madre-hijo

En la tabla, producto de un grupo terapéutico, se puede ver como la madre de este paciente tiene un padre alcohólico y también en la familia del padre hay casos de alcoholismo. La madre de este paciente narra que tuvo un padre muy exigente con ella.

Vinculo madre-hijo

En estos tres dibujos se puede ver cómo el paciente llega al tratamiento: un yo “encarcelado”. Este tipo de pacientes con este vínculo materno, no pueden desarrollar un proceso de separación, y por lo tanto no pueden lograr una individuación, es decir, su yo está indiferenciado de la madre y viven con un yo niño. Este paciente lo representa como si estuviera en una cárcel.

Vinculo madre-hijo

En este dibujo titulado “Fiesta de Disfraces”, el paciente representa a la madre como una bruja y en el dibujo de la derecha “Imagen de mi Resiliencia” representó en sus hombros a una gran carga. En su cabeza, donde tiene que indicar “¿Quién soy?”, coloca “No sé”. Además, en el pecho indica confusión. Muchos pacientes reportan que es como si estuvieran cargando a su mamá y viven una gran confusión emocional.

Vinculo madre-hijo

Más adelante en su proceso terapéutico, con cada toma de plantas y con el trabajo de análisis de su mundo onírico, este paciente logra reconocer el cordón que tiene con la madre: ya empieza a verse separado de la madre, ya les pone un cuerpo a sus dibujos, aún con características infantiles, pero ya tiene cuerpo. Le dice “No” a mamá. Ya aparece fuera de la cárcel y con los brazos abiertos. En una sesión terapéutica con su madre, a través de un ejercicio gestáltico, estaban amarrados por un cordón, y él lo cortó. Fue evidente el gran malestar de la madre cuando él cortó el cordón y la soltó.

Vinculo madre-hijo

En este último dibujo, realizado hacia la conclusión de su tratamiento, el paciente ya no siente esa culpa que inconscientemente llevan estos pacientes, ya aparece un YO, y se identifica con el sol, el camino de su vida está abierto. Este paciente después del tratamiento siguió trabajando este vínculo, aprendió a poner límites a su madre, ya de manera amorosa y respetuosa. Su madre dejó de pasarle dinero para más nada, él pudo tener una pareja, pudo desarrollar una fuerza masculina que es parte de él, pero la cual no podía acceder porque no podía soltar a mamá.

Desde mi experiencia clínica, los pacientes que no hacen esto, pueden estar mucho tiempo sin consumo, pero al no soltar a mamá no pueden desarrollar una fuerza que tiene más características masculinas: limites, metas, encargarse de enfrentar la vida. Recientemente nos llegó un paciente que llevaba 15 años sin consumir, pero no había cortado con esta manera de vincularse con la madre; a sus 33 años la madre sigue dándole dinero, cuidándolo, y quería traerlo nuevamente al tratamiento actuando con él como si fuera un niño. El paciente tuvo una gran crisis de pareja y recayó. No pudo desarrollar una fuerza que provenga de él y, ante la primera dificultad, recayó en el consumo.

Conclusión

El proceso terapéutico implica entonces romper el triángulo dramático, lo que no significa romper la relación, sino transformarla. El hijo necesita diferenciarse de la madre, tomar la fuerza paterna y asumir su vida. La madre, por su parte, debe hacer su propio trabajo personal: revisar su historia, sanar las heridas con su propio padre y aprender a soltar. Solo así puede permitir que el hijo acceda a la energía masculina que le dará claridad, capacidad de decisión, fuerza y autonomía.

Este camino no está exento de dolor. Para las madres, dejar de “salvar” a sus hijos puede sentirse como una traición o un abandono, y a menudo genera sentimientos de vacío o depresión. Para los hijos, cortar el cordón puede despertar culpa o miedo. Sin embargo, atravesar ese dolor es indispensable. En base a nuestra experiencia clínica podemos afirmar que nadie puede salvar a nadie de la adicción. El único camino es soltar, acompañar y trabajar en uno mismo.

La enseñanza principal es clara: la adicción no solo pertenece al hijo que consume, sino también al sistema familiar, especialmente a la madre. La madre está enferma y el hijo desarrolla el síntoma de la adicción. Cuando ella se cura, reconoce su propia historia y permite el acceso al padre, abre la puerta para que el hijo finalmente pueda “terminar de nacer” y elegir la vida. Un hijo que no puede acceder a la figura paterna y a su energía, que simboliza la fuerza, la autonomía y la conexión con el mundo exterior no puede desarrollar lo que explica Barroso: arraigo, identificación, relación y socialización. En palabras simples: mamá es la vida, papá es el mundo. Sin el permiso inconsciente de la madre, el hijo queda atrapado en una eterna infancia emocional y no podrá dejar el consumo.

Este abordaje terapéutico como parte del tratamiento para la sanación, es un proceso largo, muy doloroso de trabajar, y requiere de un profesional entrenado y capacitado para ello, ya que son vínculos muy callosos, llenos de manipulaciones inconscientes, y es necesario un gran compromiso tanto de la madre como del hijo en las conductas y nuevas maneras de relacionarse. He visto casos muy exitosos cuando se trabaja a fondo este factor relacionado con la adicción. Como dije al inicio, la adicción es multifactorial, pero en estos casos, es muy importante el abordaje terapéutico del vínculo entre madre e hijo. En mi opinión se trata de uno de los factores más importantes y, al mismo tiempo, más difíciles de abordar.



Bibliografía
• Barroso, M. (1998). Autoestima: ecología o catástrofe (2.ª ed.). Editorial Galac.
• Karpman, S. (1968). Fairy tales and script drama analysis. Transactional Analysis Bulletin, 7(26), 39–43. https://karpmandramatriangle.com/pdf/DramaTriangle.pdf
• Mabit, J. (2020). La integración de la sabiduría ancestral en el tratamiento de las dependencias: el caso del Centro Takiwasi. Diálogos transdisciplinarios ancestrales, Año 1, nº1.
• Saucedo, G., Friso, F., Torres, J., Politi, M. (2018). Uso de tecnologías de la información en la gestión de un centro de medicina integrativa especializado en adicciones. Revista Peruana de Medicina Integrativa, 3 (3):123-131. https://doi.org/10.26722/rpmi.2018.33.92


El vínculo Madre-Hijo en el desarrollo y superación de la adicción

Webinar a cargo de María Virginia Erazo, psicoterapeuta Gestalt especializada en el tratamiento de adicciones del equipo de Takiwasi, en el cual se aborda el rol fundamental del vínculo materno en el desarrollo y la superación de esta problemática.